Un mensaje del pasado (Fragmento del primer capítulo de AnaCrónica)

 

Un mensaje del pasado

Antes de que empiecen a leer esta historia, tengo que hacerles una aclaración. Supongo que estarán más familiarizados con narraciones que se cuentan de manera lineal (o sea, de acuerdo a como las cosas fueron ocurriendo en el tiempo), que con otras en las que los sucesos no siguen un orden cronológico.
Por cierto, ¿saben de dónde viene la palabra “cronológico”? Partiré la palabra en dos para explicarles: crono se refiere a Cronos, el dios del tiempo en la mitología griega. Bueno, no era un dios sino un titán, y tampoco era muy amable que digamos porque su platillo favorito eran sus hijos, los dioses del Olimpo. ¡Sí, se los comía! Tierno el hombre, ¿no? Por fortuna, uno de ellos, Zeus, no estaba dispuesto a ser un snack para su padre así que lo engañó y, antes de que se lo almorzara, se las ingenió para poner una piedra en lugar de él y…
¡Perdón! Me estoy desviando del tema, estaba explicando lo de “cronológico”. Crono significa tiempo (como en la palabra “cronómetro”, el relojito que mide el tiempo). Y con respecto a lógico, pues creo que es lógico lo que significa.
Decía que esta historia no es cronológica. Quiero decir que estaré contando las cosas que sucedieron no exactamente en el orden en el que sucedieron. Bueno, para mí sí ocurrieron en orden, pero… Miren, es como cuando ves una película que empieza con el héroe a punto de caerse de un edificio y entonces la historia se regresa a contar cómo llegó hasta ese edificio. Algo así, pero me temo que un poco más complicado. En realidad, mucho más complicado.
Por eso, espero que no se confundan más de lo que yo me confundí aquel día en el Museo de las Artes de Ciudad Magna. Ahí estaba yo, en un paseo del colegio visitando una exposición llamada: “Grandes maestros de la pintura”. Mientras admirábamos las pinturas —bueno, algunos las admirábamos; otros se aburrían de lo lindo— una guía llamada Paula nos daba una explicación de cada obra. Era una mujer muy inteligente; sabía un montón de historias, nombres, títulos. Era como una enciclopedia de arte con pies… y con un cabello divino.
—Esta pintura que ven aquí forma parte de una serie de obras de Vincent Van Gogh llamada “Los girasoles” —nos explicó Paula—. Es un préstamo de la National Gallery de Londres.
Luego nos contó una historia muy loca sobre ese Van Gogh. Resulta que estaba muy enamorado de una chica, tanto que se cortó parte de la oreja y se la obsequió. Me parece que unos chocolates habrían sido mejor regalo, o unas flores… Unos girasoles, por ejemplo.
Después de un rato terminó el tour que nos dio Paula, y el profesor Bulnes nos permitió que fuéramos a la sala que quisiéramos. Sólo tendríamos treinta minutos para andar libres por el museo. La mayoría se fue a la tienda de regalos a comprar llaveritos o cualquier otra chuchería, pero yo estaba ansiosa por recorrer el resto del lugar o lo que me alcanzara en ese poquito tiempo. Mina y Eric, mis mejores amigos, se apuntaron a acompañarme.
El museo era enorme. Según el maestro Bulnes, se necesitan tres días para recorrerlo de cabo a rabo, claro, si eres de los que se pasan diez minutos admirando una sola obra para analizar cada detalle. La parte que estábamos visitando tenía un largo pasillo en el que se exhibían pinturas de artistas de Reindera y por el cual se podía acceder a cada una de la salas.
Yo entonces no lo sabía, pero en ese museo había un mensaje para mí, un mensaje que había viajado en el tiempo y que estaba destinado a llegar ante mis ojos de una manera u otra.
—¡Miren! —dijo Eric muy entusiasmado mientras señalaba la sala al final del pasillo—. Vamos a esa sala de pintura japonesa.
—Ni te emociones, Eric —le advirtió Mina—. No vas a encontrar animé en ese lugar.
Eric puso cara de desilusión. Es súper admirador del animé.
—Mejor vamos a esa sala de arte de vanguardia —sugirió Mina.
—¿Y eso qué es? —preguntó Eric.
—No sé, pero eso de vanguardia me suena como que tiene que ver con la moda. ¿Vienes, Ana?
Mina tuvo que repetir su pregunta porque la primera vez yo ni la escuché por estar embobada viendo el letrero que anunciaba el tema de la sala que estaba frente a mí: “Arte del Renacimiento”.
Si no tienen idea de qué es el Renacimiento, no se apuren. Antes de ir a la exposición, yo tampoco sabía un comino sobre ese período de la historia del arte. Mi única referencia era un retrato de una mujer sonriente que el maestro Bulnes tenía como protector de pantalla en la computadora del salón.
“Es la Mona Lisa, la máxima obra del Renacimiento”, nos explicó el maestro en una ocasión, luego de que un compañero le preguntara si la señora de la pintura era su esposa o su novia.
—¿Entramos aquí? —les propuse a mis amigos—. A lo mejor está la famosa Mona Lisa que le gusta tanto al maestro Bulnes—. Y aunque no lucían muy convencidos, accedieron a acompañarme.
Llámenlo sexto sentido, corazonada o paranoia, pero algo me decía que tenía que entrar a esa sala. Era una de esas veces que no te explicas por qué quieres hacer algo, sólo sabes que lo tienes que hacer sí o sí.
Desafortunadamente, la Mona Lisa no estaba en la exposición del museo, a pesar de haber sido pintada durante el Renacimiento. Supongo que no la tenían porque es una pintura muy famosa y muy cara, aun cuando es muy chiquita. ¡De verdad! La foto de casados de mis papás es más grande. A la Mona Lisa, que fue pintada por Leonardo Da Vinci, la tienen guardada en un museo en Francia que se llama Louvre y lo más seguro es que prefieren no prestarla a otros museos por temor a que la vayan a maltratar.
Ese señor Leonardo Da Vinci era de verdad talentoso, no nada más pintaba cuadros famosos, también hacía esculturas e inventó un helicóptero que no volaba muy bien que digamos, pero no estaba tan mal considerando que era el siglo XV y…
Me volví a salir del tema… Vuelvo.
Habían pasado sólo diez minutos y Mina ya estaba hasta el gorro del Renacimiento. Lo supe porque no dejaba de revisar los mensajes en su teléfono, seguro cambiaba su estatus de Facebook a: “OMG Aburridísimo”. Eric tampoco estaba muy fascinado que digamos. Además, tenía la cabeza en otro lado. ¿Dónde? En el concurso de oratoria en el que participaría la semana siguiente.
En cuanto a mí, no sé por qué, pero empecé a sentirme intranquila, como en una película de miedo cuando la protagonista está a punto de abrir la puerta detrás de la cual tú sabes que está el psicópata. ¿Qué me hacía sentir así? Ni idea. Sabía bien que no había ningún psicópata, solo estaban todas esas pinturas realizadas hacía más de quinientos años, y con las cuales yo no creía tener alguna conexión.
Respiré hondo como en la clase de yoga que nos dan en la escuela y decidí que debía calmarme, mi preocupación no tenía razón de ser. Irónicamente, apenas me empezaba a tranquilizar cuando escuché la voz de Mina a mis espaldas. Tenía el tono de “acabo de decir algo feo de la maestra y estaba detrás de mí”.
—A… a… Ana, tienes que ver esto.
Al darme la vuelta, mis amigos estaban frente a una pintura que yo había pasado por alto, seguramente porque me estaba haciendo un autolavado de cerebro para dejar de sentirme nerviosa sin razón. Estaban boquiabiertos. Los dos, como en coreografía, voltearon a verme y luego regresaron su vista a la pintura; me echaron de nuevo el ojo como queriendo estar seguros de algo y una vez más miraron la pintura.
—¿Qué pasa? —me acerqué a ver el cuadro que les había robado el aliento a mis amigos. Entonces un rostro exigió por completo mi atención y me hizo unirme al club de los sorprendidos.
¿Saben lo que es un dopplegänger? Supuestamente todas las personas del mundo tienen un doble idéntico en alguna parte del planeta. Es decir, hay una persona escandalosamente igual a ti en Alemania o en Zimbabue o en las Islas Marshall. En casos muy locos, llegas a encontrarte con tu dopplegänger y, bueno, eso te da una historia interesante qué contarle a tus nietos.
Les explico qué es un doppleänger porque justo en ese momento me topé con el mío. Aunque en este caso no se trataba de una persona de carne y hueso. Han de imaginar lo sorprendida que me sentí al encontrar a una chica idéntica a mí ¡en una pintura del Renacimiento! Mismo cabello negro, mismos rasgos, mismo color de ojos, incluso el horrible lunar en el lado derecho de mi boca estaba ahí. ¿Era yo?
—¡Eres tú! —dijeron a coro Eric y Mina.
—¡Cómo voy a ser yo! —cuestioné con una risita de nervios—. Yo soy yo, estoy aquí y ahora, y… ella está… estaba allá, y en ese entonces, en… —me incliné para leer en la tarjeta informativa la fecha en la que había sido pintada la obra: 1469.
—“Anacronismo, atribuido a Giuliano Di Verninni” —Eric leyó en voz alta el resto de la información de la tarjeta. Era el título y el autor de la obra.
—Anacronismo, Ana-Cronismo —repitió Mina—. Ja, hasta se llama Ana, ¡qué chistoso!
—¿Chistoso? —le reclamé entre ofendida y nerviosa—. Esto no es chistoso, es… es… es…
A ver, ¿qué palabra podría haber usado? ¿Raro? ¿Tenebroso? ¿Intenso? ¿Espeluznante? ¿Curioso? ¿Interesante?
No pude decir nada. Tenía la piel erizada y el corazón galopando a lo loco. No era como encontrarte en la calle con alguien que tiene un aire a ti, ni siquiera como descubrir de pronto que tienes un hermano gemelo al que tampoco le gusta la cebolla. No, era como si… como si supiera que la que estaba en ese cuadro no era mi doble, sino yo misma.
—Es una coincidencia, que no te influya, Ana —Mina quiso hacer como que me tranquilizaba, pero algo me decía que le daba un poquitín de envidia. Digo, no cualquiera sale en un cuadro del Renacimiento.
—Pero es igualita a Ana —insistió Eric—. Mira, hasta tiene el lunar.
Mi horrible lunar siempre robando protagonismo.
—A todo esto, ¿qué significa “anacronismo”? —preguntó Mina, un tanto queriendo desviar el tema.
Aquí vuelve la palabrita griega, cronos, ¿se acuerdan? ¿Cronos?, ¿el titán?, ¿el que se comía a los hijos? De ahí venía “cronismo”. Y Ana, pues, Ana soy yo, pero no nada más era yo. “Ana”, como en “analgésico” también significa “contrario”, así que anacronismo es…
—“Incongruencia que consiste en situar en una época algo que pertenece a otra”, nos reveló Eric, quien últimamente se había vuelto un geniecillo que se sabía todas las palabras de Universo, gracias a que las consultaba en la aplicación del Diccionario de la Real Academia Española descargada en su celular. Ya saben, por lo del concurso de oratoria, entre más palabras supiera, más rollo podía echar si se le olvidaba su discurso.
—Pues vaya que es una incongruencia, Ana. Porque tú estás aquí, no en el Renacimiento —con eso, Mina quería dar por terminado “el curioso caso de la pintura renacentista”.
Me pondría a describirles el cuadro, pero creo que sería mucho mejor que ustedes lo vieran con sus propios ojos, así que… No, no voy a dibujarlo como dibujé a la Mona Lisa, ya sé que soy pésima en esa área. Afortunadamente, pude encontrar la imagen de la pintura en internet.
En ese momento llegaron corriendo Susy y Danya, las aspirantes a arpías de nuestro grupo, y con gran satisfacción nos avisaron que el maestro Bulnes nos estaba buscando. Ya habían pasado diez minutos después de la hora en la que teníamos que reunirnos con el resto del grupo.
—No se van a salvar del regaño —anunció Danya, feliz de soltar veneno.
Mina les puso cara de “ay, ajá”, mientras que Eric echaba a correr como si estuviera huyendo de Godzilla. El maestro Bulnes es lo máximo: un tipo inteligente y buena onda, pero tiene sus ratos en los que se pasa al lado oscuro y le salen dos o tres gritos que hacen vibrar las ventanas del salón de clases.
Camino al punto de reunión, había dos cosas en mi cabeza: una, el discurso en el que le explicaría al profe cuánto nos había cautivado la pintura renacentista, tanto que nos hizo perder la noción del tiempo; y dos: la pintura en la que yo… ¿estaba?

Derechos Reservados. Jorge Alberto Silva Alanís, 2016.

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