Los ecos eternos: Dramaturgia del ‘68

Por Jorge Alberto Silva

El teatro siempre ha sido el arte más incómodo para el Estado. Su capacidad de infiltrarse en la conciencia, de crear poderosos mensajes y promover la reflexión e inducir a contundentes anagnórisis, se ha convertido en el vehículo del artista para llevar al público aquellos grandes temas de la humanidad, no sólo con una finalidad meramente estética, sino con la de sentar el precedente de su paso por este mundo y este tiempo. El periodismo honesto, y a veces perseguido, se ha encargado de develar los oscuros secretos del poder. Páginas y páginas se han escrito y difundido en los últimos años revelando oscuros episodios políticos que, ciertos sectores se interesan en hacer que pasen de moda con la misma rapidez que el último éxito radial y que caigan en el olvido. Sin embargo, el arte, y particularmente, el teatro, ha sido el aliado para sembrar la semilla del descontento, de la llamada a la acción.

La historia de nuestro país en los últimos tiempos ha estado plagada de episodios vergonzosos, despiadados. No se olvida el 2 de octubre, no se olvida Acteal, no se olvida Ayotzinapa y en gran parte, no se olvidan gracias al arte. Narrativa, pintura, teatro, performance se han ocupado de mantener vivo el recuerdo de estos momentos sombríos. En el caso del arte dramático, hablamos de un teatro desprovisto de una función de entretenimiento, que busca ser testimonio, verdad, ante una historia oficial que suele recurrir a la ficción con más frecuencia que los propios fabuladores.

Así como los artistas, también los estudiantes, el futuro en ciernes de la nación, son quienes han alzado la voz, quienes han emprendido acciones, gracias quizá a la vehemencia de sus pocos años, del idealismo aun no mancillado Quizá por esta calidad de héroe trágico es que los dramaturgos han elegido al estudiante como el protagonista de numerosos dramas, el portavoz inequívoco de un deseo de justicia, de una identificación clara de que las cosas deberían marchar por otro lado.

En esta participación me limitaré a hacer la referencia, no a hacer un análisis profundo, de algunas obras de teatro surgidas en aras de mantener abierta la herida, y de que la exigencia de resarcir el daño se mantenga en pie. Enmarcaré la referencia en obras de teatro que abordan, directa o indirectamente, los sucesos acaecidos en Tlatelolco en 1968, y publicadas o montadas antes de la década de los 90.

Rodolfo Usigli, aquel dramaturgo que escribió “un pueblo sin teatro es un pueblo sin conciencia”, es quien marca la pauta para los dramaturgos posteriores en cuanto al tratamiento de temas sociales y al cuestionamiento de las instituciones. En su obra encontramos la síntesis del periodo formativo de la dramaturgia mexicana. El gesticulador, obra estrenada en 1947 es sin duda un parteaguas en nuestra literatura. Atrás queda un teatro tradicional, decimonónico, para dar paso a un auténtico teatro nacional con un conflicto que alcanza una trascendencia universal. Hacia el final de la obra, Miguel, el hijo del falso héroe revolucionario César Rubio, abandona el pueblo decepcionado a causa del engaño al que su padre accedió. “La verdad” –le grita mientras deja la casa; y este breve y lapidario diálogo cierra la obra, pero anticipa la demanda de las generaciones posteriores. Usigli develaba entonces una oscura maquinaria que hasta el día de hoy nos debe esa verdad tan necesaria a la que se ha pretendido aspirar a través de los senderos del arte.

De acuerdo con un artículo publicado por Sandrine Guyomarch Le Roux, el término del Teatro del 68 fue acuñado por el dramaturgo Felipe Galván con la publicación en 1999 de una antología en que se recopilan 13 obras que versan sobre el tema en cuestión.

Guyomarch lleva a cabo una minuciosa investigación en la que logra identificar más de 60 obras, esto en el período correspondiente entre 1968 y 2006. En esta relación cabe teatro de todo género: tragedias, comedias, farsas. La primera de las obras que referiré es quizá una de las más conocidas y representadas: La fábrica de juguetes de Jesús González Dávila. Premio Celestino Gorostiza en 1970 y una de las primeras obras en abordar la matanza del 68. Esta es una obra de encuentros fantasmales y generacionales. Están los expectantes, los jóvenes con los sueños rotos confinados a las ruinas; los adultos, representando las instituciones mexicanas como la policía, la religión, la moral. Y están los niños la generación a la que se le encomienda la nueva voz. Tizoc emperador de Pablo Salinas hace un paralelo de otra matanza, una ocurrida siglos antes en Tenochtitlán, con lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas. La obra se estrenó en 1970, y en ese entonces, las referencias seguían frescas en la mente del espectador, así que lo que ocurre en 1486 es lo que ocurre en 1968.

Emilio Carballido abordó el tema en ¡Únete pueblo! en la que realiza un cuadro costumbrista del Distrito Federal en los meses previos a octubre del 68. En La pesadilla hay un tratamiento distinto, aquí retrata de forma directa y veraz los momentos de angustia sufridos por los inquilinos de uno de los edificios de Tlatelolco durante la matanza.

Este último texto de Carballido sería la anticipación de Rojo amanecer, la película del director Jorge Fons inscrita en el entonces llamado “Nuevo cine mexicano” que, ya al filo de los noventa, pusiera nuevamente sobre la mesa el tema de Tlatelolco y que al igual que La pesadilla ocurre en un departamento. El impacto de la película fue tremendo, sobre todo por la censura de la que fue objeto y la crudeza con la que presenta los sucesos. Del filme surge una adaptación para teatro realizada por Sergio Molina y Xavier Robles.

Olga Harmony también se ocupó de realizar un recuento y clasificación de las obras que abordaron el Movimiento y organiza el corpus en las siguientes categorías:

1. Obras que presentan un tratamiento directo en que la acción se ubica en el momento exacto de los hechos. En la que caben los textos ya mencionados de Carballido, Muchacha del alma (González Dávila), Urías en Tlatelolco (Jorge Eugenio Cruz), ¿Que si me duele?… Sí (Adam Guevara), entre otras.

Un segundo grupo son las obras que ven en movimiento en retrospectiva, en algunas de ellas como parte de historias familiares. Aquí cabe octubre terminó hace mucho tiempo (Pilar Campesino), Dormía soñándose bella porque era de la clase media (Miguel Ángel Tenorio), Me enseñaste a querer (Adam Guevara), Conmemorantes (Carballido), entre otras.

El tercer grupo definido por Harmony lo componen textos dramáticos que envuelven en grandes metáforas. La plaza de las 3 culturas (Juan Miguel de Mora), Buenos días, señor Presidente (Rodolfo Usigli), La fábrica de los juguetes (González Dávila), Coloquio de la rueda y su tiempo (Juan Tovar).

El cuarto grupo corresponde a textos que tratan el movimiento en contextos diferentes con mayor o menor énfasis en el mismo: Tizoc emperador (Pablo Salinas), De película (Blanca Peña y Julio Castillo) El infierno (Vicente Leñero).

Los ecos de aquellas voces silenciadas de forma sangrienta y cobarde en el ’68 permanecen hasta nuestros días.

Lamentablemente, durante la última década en nuestro país, nuevas voces han intentado ser acalladas. La desaparición, la censura, la impunidad son actos que enmarcan nuestro presente, una época oscura de nuestra historia. Mientras no se asegure una sociedad justa, los ecos continuarán hasta alcanzar la estridencia, el único problema es que el pueblo finalmente decida vivir en la sordera total, en el desdén, en su propia negación.

Las nuevas generaciones tienen nuevos medios de expresión y, sobre todo, de información. Son ellos quienes han heredado no la voz, sino el grito.

Ponencia del autor en el Coloquio de Humanidades de la Facultad de Filosofía y Letras en 2015.