El talentoso joven Trent. Sinopsis y Capítulo 1.

Mi nuevo libro ya está próximo a aparecer. Será el mes de octubre cuando El talentoso joven Trent se encuentre disponible para todos los lectores. El personaje principal de esta novela de 192 páginas es Reyupo Trent, el niño actor al que conocimos en Benny Souchiate y la Legión del Faro. Esta historia transcurre en Ciudad Magna, unos meses antes de que Rey y su familia se muden a Loma Príncipe.

Esta es la sinopsis:

“¡Aplausos! El alimento del artista. Y el primer sonido que Reyupo Trent escuchó el día que llegó a este mundo.”

No existe otra cosa que Rey desee más en la vida que convertirse en actor. Cuando su escuela abre una audición para formar un grupo de teatro, él cree que sus sueños se han vuelto realidad. Sin embargo, conseguir el permiso para acudir a la audición se convierte en una tarea de lo más complicada debido a la tormentosa relación que lleva con las matemáticas y a un secreto que su familia guarda celosamente.

Junto a Milos, su mejor amigo, y Nina, la chica nueva de su clase, Rey tendrá que superar un montón de obstáculos para lograr su objetivo: actuar en un escenario.

Dentro de algunos días tendré el gusto de mostrar la portada de este nuevo libro, cuyo diseño está a cargo de Gustavo Suárez de Jacinto McSuárez, quienes han diseñado las portadas de todos mis libros.

Para ir calentando motores, les dejo un pequeño avance de El talentoso joven Trent:

Capítulo 1

Reyupo Trent esperaba una lluvia de aplausos al terminar su presentación, pero lo único que recibió fue el total desinterés de sus compañeros de clase.

No podía entenderlo. Estaba seguro de que su proyecto iba a impactar a todos por una simple y sencilla razón: no se limitaría a exponer un tema, además de eso, iba a actuar.

Le tocó hablar sobre el rey Julius Bruner, héroe de la historia reinderiana, para lo cual no sólo investigó en el libro de texto, sino también en varias páginas de internet y en la polvorienta Enciclopedia de Reindera que llevaba siglos en la biblioteca sin ser consultada.            Reyupo Trent esperaba una lluvia de aplausos al terminar su presentación, pero lo único que recibió fue el total desinterés de sus compañeros de clase.
No podía entenderlo. Estaba seguro de que su proyecto iba a impactar a todos por una simple y sencilla razón: no se limitaría a exponer un tema, además de eso, iba a actuar.

Con toda esa información escribió un guion en el que el propio Bruner, interpretado por él, relataba sus hazañas. Hasta había pedido prestadas una capa y una corona con el fin de recrear al héroe con el mayor realismo posible.

Apenas pasó al frente y entró en su papel. Levantó el brazo derecho con el puño cerrado, en clara imitación de la estatua del personaje que se encuentra frente al Palacio de Gobierno de Ciudad Magna; después paseó la mirada por todo el salón con una actitud solemne.

“Aquí va la primera sorpresa”, pensó. Y entonces comenzó a relatar la difícil niñez del monarca, pero no con su voz de puberto al borde de la adolescencia, sino con una voz grave y profunda, su versión de cómo habría sonado Bruner.

Era una habilidad conocida por sus compañeros: Reyupo podía imitar voces y acentos casi a la perfección. La propia maestra Rominda y la mitad de la planta de docentes estaba en su repertorio.

Posteriormente desenvainó la espada de plástico que había llevado como utilería, y refirió los pormenores de la épica batalla del Desierto Rojo, mejor conocida por la mayor parte del país como “el asueto del 7 de junio”. Cerró su actuación encorvando el cuerpo y modificando de nuevo su voz para personificar al Bruner anciano que había restablecido la paz en Reindera luego de cuarenta años de luchas.

Pero su espectáculo no tuvo el efecto esperado.

Toda la tarde memorizando el texto y ensayando los movimientos frente al espejo para que las únicas reacciones fueran el pulgar arriba de Milos, su mejor amigo, y la clásica boca chueca de la maestra Rominda.

—¿Cuándo será el día en que haga los trabajos de acuerdo a las especificaciones, joven Trent?

Ahora sí la clase estaba atenta. Una cabeza estaba por rodar.

—¿Especificaciones? —días atrás, Reyupo no había tomado nota de los requisitos con los que debía cumplir el proyecto. Apenas escuchó la indicación “hablarán sobre un personaje de la historia”, y su mente voló. Se vio a sí mismo vestido de rey y esgrimiendo una espada a punto de enfrentar a un ejército de dos mil hombres en defensa del Castillo de Varekia.

—Las especificaciones, Trent. ¿Dónde están la línea de tiempo, el cuadro sinóptico y el resumen de cuatro páginas?

¿Mapas? ¿Resúmenes? ¿Líneas? ¿Cuándo había dicho eso la maestra? De seguro cuando Reyupo estaba perdido en su mente tomando la decisión de usar o no una peluca para su caracterización.

—Pero es que usted dijo que debíamos hablar sobre un personaje de la historia —se quiso excusar Reyupo—, y yo pensé que sería más interesante que el propio rey Julius hablara de sí mismo.

—La información que presentó no es la del libro de texto —objetó la maestra.

—No, investigué en…

Rey intuyó que debía cerrar la boca cuando notó que el rostro de la maestra Rominda se ponía rojo como un tomate transgénico. Sin embargo, no lo hizo.

—Sólo quería que la clase no fuera tan… aburrida.

Click. Rey activó la bomba. Los alumnos se apresuraron a taparse los oídos. Un grito se avecinaba.

—¡No debemos basarnos en otra cosa más que en el libro de texto! —la voz de Rominda hizo vibrar el salón, incluso una cartulina sobre el calentamiento global se despegó de la pared. Reyupo sintió que era empujado por una ráfaga de aire provocada por el grito de la maestra.

—Entonces, ¿no le gustó? —fue lo único que se le ocurrió preguntar luego de que el tornado le pasara encima.

—Esto es clase de Historia, no de Teatro, joven Trent —la maestra casi echaba humo por la nariz. Por todos era conocido que para hacerla explotar bastaba la más mínima provocación, y Reyupo era experto en provocaciones; no intencionales, pero provocaciones al fin.

Para que le quedara clara la opinión de la maestra sobre su trabajo, Rey recibió la calificación más baja del salón. El resto de los alumnos se había limitado a hacer una presentación más aburrida que una carrera de caracoles vista en cámara lenta, pero eso sí, de acuerdo con lo que la maestra había pedido.

—A mí me gustó —quiso consolarlo Milos—, tiene una buena tensión dramática y tu actuación fue bastante convincente.

Milos y Rey eran amigos desde primero de primaria. Habían crecido juntos. Bueno, Reyupo había crecido, porque Milos era tan bajito como un niño de ocho años; y ambos tenía once.

—Debí haberme puesto la barba y la peluca —se lamentó Reyupo.

—Debiste seguir las especificaciones, Rey —corrigió Milos mientras limpiaba sus enormes lentes con la manga de su camisa.

—¿Y qué chiste tendría? Sería algo así como una tarea.

La verdad era que su presentación habría sido un trabajo de diez en otra escuela, una en la que trataran a los niños como seres pensantes y creativos, y no como jarrones que debían llenarse con información que nunca en la vida iban a utilizar.

—Al menos esperaba que me aplaudieran —Reyupo se hundió en su banco. Estaba devastado.

¡Aplausos! El alimento del artista. Y el primer sonido que Reyupo Trent escuchó el día que llegó a este mundo. Él no lo recordaba, por supuesto, pero se lo habían contado en alguna ocasión.

Tras una labor de parto de trece horas y un sufrimiento inhumano que su mamá no dudaba en recordarle con frecuencia, el pequeño Reyupo vio la luz en medio del ruido de los fuegos artificiales.

Por desgracia, los fuegos no estaban dedicados a él, sino a los Chapulines, el equipo de fútbol de la ciudad que se había coronado campeón de la liga.

Fue tanta la emoción de Emil Trent, el orgullo padre, que comenzó a aplaudir como sólo le había aplaudido a la famosa soprano Dominica Buccetti cuando sostuvo un do de pecho por tres minutos en la ópera El calcetín del amor.

La reacción del bebé ante el entusiasmo paterno dejó boquiabierto al quirófano entero: no hubo el típico llanto que todo recién nacido emite como su primer sonido, sino que Rey lanzó algo así como una carcajada, gesto que una enfermera supersticiosa interpretó como una señal del fin del mundo.

“Este niño será alguien importante, señores Trent”, el doctor les decía lo mismo a los padres de todos los niños que traía al mundo, pero esta vez hablaba en serio.

Los primeros años de la vida de Reyupo estuvieron llenos de aplausos. Sus padres lo ovacionaron cuando dio sus primeros pasos, cuando dijo sus primeras palabras y, sobre todo, cuando por fin dejó de usar pañales.

En su jardín de niños, “la Granjita Feliz”, era la misma historia: aplausos para Reyupo por pintar el perro de color verde, aplausos para Reyupo por moldear en plastilina la figura de una tortilla, aplausos para Reyupo por recortar el círculo como si fuera un cuadrado.

No era que lo estuvieran mimando, más bien le creaban una autoestima saludable. Y es que la “Granjita Feliz” era un verdadero edén en el que los compañeritos de Rey no nada más eran niños, sino también ovejas, gallinas, patitos y una vaca llamada Eufrosina.

Pero con la conclusión del preescolar también concluirían los aplausos. La familia se vio obligada a mudarse a Ciudad Magna luego de que Emil perdiera su empleo.

Ahí comenzaron los problemas.

Inscribieron a Rey en su actual colegio, el Instituto Baldomero Malahora, una escuela completamente tradicional y estricta. Florinda Basalto, su maestra de primer grado, era la crueldad hecha mujer. Incluso tenía una pelusilla oscura bajo la nariz que se parecía al bigote de cierto gobernante alemán.

El primer día de clases, la infame docente ordenó a los alumnos escribir su nombre mil trescientas veces, hasta que los trazos de cada letra fueran perfectos.

En casa, los aplausos también comenzaron a escasear. Emil se pasaba días enteros sin salir, siempre tirado sobre el sofá de la sala, con su bata y esa rasposa barba que hacía en las mejillas de Reyupo un tratamiento de remoción de células muertas cada vez que lo besaba.

Luego de algunas semanas, el señor Trent encontró un puesto como piloto en Vuelos Albatros, una aerolínea de bajo costo; lo malo era que se la pasaría viajando y solo podría estar con su familia los fines de semana.

Por muchos años, Rey ignoró la verdadera razón por la que su padre se mantuvo en una especie de exilio durante esa temporada, aunque un buen día lo habría de averiguar.

Pero ese buen día no era aquél, el del fracaso de su proyecto escolar. ¿Acaso las cosas podrían ir peor para Reyupo?

Pues sí, una nueva catástrofe estaba aguardando. La maestra Rominda ya tenía revisados los exámenes de Matemáticas del día anterior y comenzó a repartir los resultados.

Como era partidaria de que la humillación pública era un excelente método para formar el carácter, siempre decía en voz alta el resultado del examen al momento de entregarlo a cada alumno. Nunca se lo había confesado a nadie, pero era una de las cosas que más le gustaban de su empleo.

—Setenta y cinco, ochenta y dos, sesenta y cuatro…

Ningún cien, nunca, en nada. Era una calificación imposible en seres que ella consideraba tan inferiores. Ni siquiera Milos, quien era el más listo del grupo, había sacado cien alguna vez. Aun cuando algún examen no tuviera ningún error, la maestra argumentaba que el grosor de la letra no era aceptable y eso restaba puntos.

—Sesenta y seis, ochenta y uno, cincuenta y cuatro.

La maestra se iba a acercando a Reyupo. Él sabía que no eran buenas noticias las que estaba por recibir. De entrada, no había entendido ni jota de ese tema de las áreas totales de las figuras tridimensionales. Y encima de eso, dejó la mitad del examen sin contestar.

La maestra llegó al lugar de Reyupo. Él se esforzó en poner cara de desolación, chance y conseguía que se apiadara de él y, al menos, no diría en voz alta la calificación. Iluso. Rominda tomó su tiempo para entregar el examen. En su rostro era visible una dicha tremenda.

—Veintidós —lo anunció tras una risilla burlona con toda la crueldad que le fue posible transmitir. Ni siquiera tuvo la delicadeza de colocar el examen sobre el banco. Lo soltó al aire y éste descendió lentamente hasta posarse sobre la cabeza de Reyupo.

Todas las miradas estaban puestas sobre él. Reyupo Trent, el del peor promedio del salón, el niño loco que en tercero le pidió permiso a la maestra para escenificar ante el grupo una obra de guiñol en la que utilizó sus calcetines como títeres, el que de pronto se ponía a discutir con gente inexistente. Estaba loco, sí, pero loco por actuar, por dar vida a personajes en un escenario, frente a una cámara o donde fuera.

—Se llevará un laboratorio con veinte problemas, joven Trent. A ver si por fin aprende a calcular áreas totales de figuras tridimensionales.

Reyupo suspiró resignado. Ahora sí, nada podía ir peor.

—Y mañana me entregará ese examen firmado por sus padres.

Corrección: sí podía.

No estaba siendo un buen día para él. Por fortuna, eso estaba por cambiar.